“(…) La muerte de cualquier hombre me disminuye, porque estoy ligado a la
humanidad; y, por consiguiente, nunca hagas preguntar por quién doblan las
campanas; doblan por ti”.
John Donne
Desde
los viajes de Marco Polo y la comprobación esférica de la Tierra por
Magallanes, nuestro planeta es un estrecho círculo de límites comprobables y
relaciones irrenunciables entre cada palmo de tierra. Nadie en ningún lugar es
ajeno a lo que pasa al otro lado del mundo, por lo cual la neutralidad es de
hecho una de las más grandes falacias de la humanidad, y aún menos en la
Historia Contemporánea donde las fronteras de los países solo se definen por
los intereses nacionales, y cada conflicto bélico amenaza con desequilibrar la
volátil estructura con la cual el mundo mantiene cada minuto la marcha de los
acontecimientos, que si bien se explican por una causalidad histórica, puede un
solo hecho cambiar el camino previsto.
Especial
interés puso el mundo en la Guerra Civil Española, la cual según la semántica
del nombre se limita solo a intereses de los habitantes ibéricos, pero de eso
nada. Las contradicciones de Europa en la década del triente del siglo XX, no
permitían mirar tranquilamente cambios económicos, sociales o políticos en
ningún territorio sin tomar partido a favor o en contra, aunque
diplomáticamente contentaran las apariencias con acuerdos de neutralidad, y los
que aplicaron esta disposición de neutralidad fue por el desconcertante
padecimiento de indecisión.