“(…) La muerte de cualquier hombre me disminuye, porque estoy ligado a la
humanidad; y, por consiguiente, nunca hagas preguntar por quién doblan las
campanas; doblan por ti”.
John Donne
Desde
los viajes de Marco Polo y la comprobación esférica de la Tierra por
Magallanes, nuestro planeta es un estrecho círculo de límites comprobables y
relaciones irrenunciables entre cada palmo de tierra. Nadie en ningún lugar es
ajeno a lo que pasa al otro lado del mundo, por lo cual la neutralidad es de
hecho una de las más grandes falacias de la humanidad, y aún menos en la
Historia Contemporánea donde las fronteras de los países solo se definen por
los intereses nacionales, y cada conflicto bélico amenaza con desequilibrar la
volátil estructura con la cual el mundo mantiene cada minuto la marcha de los
acontecimientos, que si bien se explican por una causalidad histórica, puede un
solo hecho cambiar el camino previsto.
Especial
interés puso el mundo en la Guerra Civil Española, la cual según la semántica
del nombre se limita solo a intereses de los habitantes ibéricos, pero de eso
nada. Las contradicciones de Europa en la década del triente del siglo XX, no
permitían mirar tranquilamente cambios económicos, sociales o políticos en
ningún territorio sin tomar partido a favor o en contra, aunque
diplomáticamente contentaran las apariencias con acuerdos de neutralidad, y los
que aplicaron esta disposición de neutralidad fue por el desconcertante
padecimiento de indecisión.
Alzamiento militar
En
febrero de 1936, el Frente Popular se situó en la presidencia del gobierno
español por victoria en las urnas. Dicha agrupación estaba integrada,
principalmente, por dos bloques políticos, el primero por el partido Izquierda
Republicana, que defendía los intereses de la mediana burguesía, y el segundo
bloque por los izquierdistas Partido Socialista Obrero Español (PSOE), Partido
Obrero de Unificación Marxista (POUM), Partido Comunista Español (PCE) ,entre
otros de carácter sindicalista, quienes respondían a la clase trabajadora. Si
bien, la agrupación representaba un elemento de freno al avance de los grupos
reaccionarios, monárquicos y fascistas, no mantenían una proyección de futuro
común, ni compartían las mismas ideas de instauración gubernamental.
El
gobierno republicano recién constituido decretó la amnistía de los presos
políticos de la dictadura de José Antonio Primo de Rivera, y medidas de reforma
agraria que provocaron el descontrol en las regiones de Extremadura y
Andalucía, donde los jornaleros agrícolas tomaron sin aprobación del gobierno
las tierras de los latifundios. Las autonomías de Cataluña y el País Vasco se
volvieron a reconocer, mientras los principales generales del ejército, entre
ellos Francisco Franco, jefe del Estado Mayor Central, fueron enviados a
misiones en África para alejar los posibles actores de la reacción.
La
situación en el país empeoraba con el aumento de la violencia incitada por las
milicias de los partidos perdedores, como los falangistas y la Comunión
Tradicionalista. Ante la desunión de todos los grupos políticos, los generales
desplazados al continente africano, tenían un centralizado y efectivo medio
para hacerse con el poder, el ejército.
En
julio, comenzaron en varios lugares los alzamientos militares, de los cuales
fallaron el de Barcelona, Madrid y Oviedo.
España quedó dividida en dos, por una parte la de los sublevados que
contaban con extensos territorios agrícolas y de yacimientos minerales, y la de
los republicanos con la mayor parte de la población, importantes zonas
industriales, el Banco de España, y además aunque de poco sirvió, la legitimidad
política del gobierno. Al inicio, parecería que el bando republicano contaba
con las mayores posibilidades de ganar, por lo que es de considerar como
fundamental la actuación internacional en el conflicto.
Muere la República. ¡A salvarla!
Durante
los cuatro años que duró la guerra civil, llegaron de todas partes del mundo
alrededor de 35 mil hombres para luchar por el bando republicano. Estos hombres
hicieron de la causa republicana una misión universal por la cual luchaban sin
ningún interés personal, solo el de preservar los ideales en los cuales creían,
la democracia y la libertad. Estos fueron agrupados en las Brigadas
Internacionales, la mayoría de sus integrantes sin experiencia militar, salvo
algunos que habían participado en la Primera Guerra Mundial.
Los
soldados de las Brigadas Internacionales no tenían una organización unificada,
los grupos se formaban de acuerdo al lugar de origen y al llegar a España,
muchas veces de forma clandestina, se alistaban en el ejército republicano,
recibían instrucciones militares y pasaban a ocupar los primeros puestos en las
trincheras.
Estos
hombres, héroes de la lucha universal por la libertad, asumieron el rigor de la
guerra casi desde los primeros momentos, pues sirvieron a la República en la
derrota propinada a los franquistas en la defensa de Madrid, en el temprano mes
de noviembre de 1936. El apoyo de las brigadas continuó hasta 1938, cuando se
retiraron de una guerra ya perdida.
La
disposición de retirada de las brigadas fue coordinada por la Sociedad de
Naciones, principalmente por Inglaterra y Francia, quienes desde el comienzo de
la guerra trataron de promover la no interferencia de las potencias europeas en
el conflicto. Pero el análisis de las posiciones gubernamentales extranjeras
con respecto a la guerra, requiere de un contrapunteo más frío que el de las
impetuosas brigadas internacionales.
El águila negra del fascismo
En
el inicio del alzamiento militar, el general Emilio Mola, en un comienzo al
frente de las tropas nacionales, envió al marqués Juan Ignacio Luca de Tena en
misión especial por varios países de Europa para establecer canales de ayuda
para el sublevado bando militar. En esta búsqueda aparecería uno de los
gobiernos que más favorecería a los nacionales en la guerra, Italia, con Benito
Mussolini, quien aceptó enviar armas y soldados a los frentes españoles; según
los cálculos más de 78 mil italianos fueron enviados, con preparación militar y
fuerte equipamiento técnico.
Pero,
precisamente el general Francisco Franco, jefe absoluto a los dos meses del
alzamiento y posterior dictador de España hasta su muerte en 1975, fue quién
consiguió afianzar las relaciones con las dos principales facciones fascistas
del continente, Italia y Alemania. Franco desde la zona africana, solicitó
ayuda a Hitler, y el 28 de agosto de 1936 aterrizaban en Marruecos, veinte
aviones alemanes conocidos con “junkers”, así comenzaba la decisiva ayuda con
la que contarían los franquistas.
El
apoyo bélico alemán al bando nacional fue de alrededor 600 aviones y más de 19
mil soldados. La legión Cóndor, grupo de aviación, fue famosa por los
incesantes bombardeos que ocasionaron la muerte de miles de personas y la
destrucción de ciudades.
La
ayuda fascista no se consiguió por las dotes diplomáticas de Franco, sino
porque ambos se beneficiaban mutuamente. Los factores favorables pudieron ser
múltiples, entre ellos se contempla que ante el triunfo de la república, varios
partidos políticos españoles habían adoptada posiciones marxistas y comunistas,
por lo que el gobierno español podría aliarse a la Unión Soviética y fortalecer
el prestigio de la misma. Además, de vencer Franco, los alemanes tendrían en la
península Ibérica un aliado importante para la futura guerra que se preparaba,
lo que en efecto fue, tanto el inicio de la Segunda Guerra Mundial, como la
neutralidad favorable del caudillo hacia el nazismo, principalmente condicionada
por el grave endeudamiento económico con Alemania, lo que conllevó a proveer
materias primas al eje fascista y hasta el envío de tropas españolas a pelear en
territorio soviético.
“Neutralidad”
El
gobierno republicano apenas comenzaba la guerra envió a Francia una petición
para comprar armas y pagarlas con el oro español. El gobierno francés de León
Blum, electo por una coalición partidista de frente popular, aceptó la venta
del equipamiento bélico, aunque varios sectores conservadores no vieron con
buenos ojos la decisión.
A
unos kilómetros al norte, el gobierno de Inglaterra se debatía entre dos
temores, el primero era la preocupación por el peligro que supondría el triunfo
republicano y la pérdida de sus intereses económicos monopólicos, además del
miedo comunista, y el segundo la expansión del eje fascista de triunfar Franco,
pues, bien sabían los diplomáticos ingleses que Alemania e Italia ayudaban a
los sublevados. El primer factor tuvo más peso en el balance político, y
comenzaron a maniobrar para impedir la ayuda francesa al bando republicano.
En
agosto de 1936 se presentó ante la Sociedad de Naciones el proyecto de No
Intervención, el cual fue firmado por la mayoría de los países de Europa,
incluida Alemania e Italia. Por lo tanto, Francia negó las armas a los
republicanos, mientras el eje fascista continuaba enviando aviones, fusiles y
soldados, con el apoyo benevolente de la ceguera consciente del resto de las
naciones, la cual llegó hasta tal punto que aceptó como Hitler y Mussolini
reconocían públicamente en la temprana fecha de noviembre de 1936, la
legitimidad del gobierno franquista.
Este
hecho demuestra hasta donde llegó la pasividad de las naciones europeas frente
al avance fascista, y cómo dejaron caer el gobierno legítimo español solo para
defender sus intereses económicos y para ganar un poco más de tiempo en una
guerra que asomaba sus chispeantes y grotescas fauces.
Los
Estados Unidos de América no firmaron el pacto de No Intervención, pero establecieron
la neutralidad como carta diplomática internacional, negando así las relaciones
comerciales de sus empresas con el bando republicano y acrecentando el cerco de
aislamiento. Pero, el análisis de los acontecimientos demostró que la
neutralidad era una farsa, pues el gobierno norteamericano aprobó que la
empresa Texaco Company vendiera petróleo a las tropas franquistas. Los envíos
comerciales llegaban a través de la frontera portuguesa, en manos del gobierno
dictatorial de Antonio de Oliveira Salazar.
La
actitud del gobierno norteamericano contrastó fuertemente con los voluntarios
estadounidenses de las Brigadas Internacionales, alrededor de dos mil, quienes
no se declararon neutrales y atravesaron el océano para combatir contra lo que
ellos asumían como injusticia y afrenta a la libertad.
El
Vaticano fue otro de los actores diplomáticos que apoyó desde la falsa
neutralidad a la facción sublevada, pues dado el carácter laico y, según la
propaganda, comunista de la república, las ideas de Franco de instaurar la
Iglesia Católica en un lugar cimero del gobierno español eran sumamente
atractivas para los clérigos en Roma, los cuales querían conservar como en
otras épocas, al baluarte del catolicismo europeo.
Las tinieblas de la ayuda soviética
El gobierno
de frente popular recién constituido en febrero de 1936, no mantenía muy afines
relaciones con las premisas ideológicas de la Unión Soviética, pero después de
comenzada la guerra civil y ante la negativa de ayuda de las potencias
europeas, solo la URSS y la nación mexicana apoyaron al bando republicano,
además de las Brigadas Internacionales.
La Unión
Soviética había firmado el pacto de No Intervención, por lo que sus movimiento
militares de apoyo fueron lo más sigilosos posibles. Stalin, al frente del
gigante rojo del este, pretendía iniciar un acercamiento a las potencias
llamadas democráticas de Europa occidental para frenar el avance fascista, pero
al mismo tiempo no quería atacar directamente al eje Roma-Berlín-Tokio.
La
documentación sobre la intervención soviética en el conflicto es escasa y
terriblemente fraccionada, pues además de que los investigadores occidentales no
reconocieron material solo después de la caída del comunismo en la década del
noventa y por poco tiempo debido al nacionalismo del actual presidente ruso
Vladimir Putin, quien impidió miradas curiosas en el pasado de su nación, las
tropas soviéticas llegaban a España con documentos falsos, y actuaban en
territorio Ibérico como sombras, debido al impedimento del idioma, y los
desconocidos objetivos reales de las misiones de sus agentes.
Según la publicación póstuma del libro de Walter
Krivitsky, jefe del Servicio Secreto Militar Soviético en la Europa Occidental
de los años 30, “la historia de la
intervención soviética sigue constituyendo el misterio más trascendental de la
Guerra Civil Española. El mundo sabe que hubo Intervención y eso es todo lo que se
sabe...”.
El apoyo soviético a la causa
republicana fue más bien mínimo si se compara con la asistencia de Alemania e
Italia al mando franquista. Menos de 400 rusos estuvieron simultáneamente en
España, y en total se calcula durante la guerra no más de cinco mil hombres. Los
principales frentes de ayuda, fue en asesoramiento técnico, varios aviones, así
como otro tipo de armas. Todo el equipamiento se pagó con oro del Banco de
España.
Varios testimonios de
españoles declaran una injerencia excesiva de los agentes soviéticos, los
cuales querían establecer una unificación en el frente republicano, pero solo
bajo su mando. El aumento de la participación del Partido Comunista Español,
dirigido principalmente por los actores soviéticos, supuso una prueba utilizada
por los seguidores de las organizaciones políticas como el Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM), quienes acusaron a los
rojos de asesinar a su líder político Andreu Nin.
La desunión en el frente
republicano fue uno de los principales factores que condicionó la guerra, al
contrario del lado nacionalista, en el cual Franco fusionó los dos principales
partidos políticos en uno solo, y estableció una junta directiva en la ciudad
de Burgos.
Adentrarse en la participación
soviética en la guerra civil supone caminar sobre un terreno cenagoso, el cual
solo podría ser satisfactorio con una mirada más amplia y calmada, y con un
examen más profundo que el que me propongo en el presente artículo.
Lo cierto es que las tropas soviéticas
fueron las únicas que prestaron ayuda al bando republicano, aunque si bien fue
pagada la ayuda, fue de gran importancia dado la neutralidad favorable de las
potencias occidentales al fascismo y a Franco. También es destacable, que la
URSS formó varias Brigadas Internacionales en su propio territorio.
En 1937, inicia la guerra
chino-japonesa y ya el gobierno de Stalin siente la amenaza fascista a las
puertas de su país, por lo que redujo considerablemente su apoyo a la causa
española, y selló su adhesión al grupo de los países europeos que observaban el
avance fascista sin mover dedo, firmando en agosto de 1939 el pacto de No
Agresión con la Alemania nazi.
Las
campanas doblan por todos
En marzo de 1939 caían las
ciudades de Madrid, Valencia y Alicante en manos de las tropas nacionalistas, y
así quedaba definitivamente terminada la Guerra Civil Española; un mes antes, en febrero, Francia e
Inglaterra reconocieron la legitimidad del gobierno de Francisco Franco, ante
una guerra casi acabada era mejor quedar bien con el futuro vencedor, al cual
siempre favorecieron con su falsa neutralidad.
La República española estaba
terminada, de poco sirvió la sangre de tantos hombres que pelearon por mantener
los ideales de libertad, al final la mayoría de los gobiernos extranjeros
dispusieron de qué modo acabaría la guerra, para satisfacción de sus propios
intereses.
Pero, en septiembre de ese
mismo año, Hitler atacaba Polonia, comenzando la Segunda Guerra Mundial. Los
mismos aviones que bombardearon Guernica y otras ciudades españolas,
bombardearon, entonces, las ciudades francesas e inglesas, los tanques “panzer”
alemanes cruzaron el rio Volga y arrasaron San Petersburgo, otrora Stalingrado,
y la aviación japonesa irrumpió en las bases militares estadounidenses del Pacífico.
Comenzó uno de los capítulos más sangrientos de la historia de la humanidad,
principalmente por la neutralidad de los gobiernos, mientras sus pueblos
reconocían al fascismo como una amenaza a la libertad.
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