Creo que todo joven estudiante de Periodismo
tiene una buena historia que contar de su primera entrevista. Yo también tengo
la mía, y más de un dolor de cabeza me dio. Al principio no sabía quien pudiera
ser ese personaje que me valiera para un buen trabajo. Pensé en nombres tan
resonantes como Leonardo Padura, vecino mío del barrio de Mantilla, pero la
idea se hizo añicos cuando otra compañera se adelantó. No lo negaré, sentí una
gran decepción, pues en mi garganta seca quedaron las interrogantes que había
destinado para descifrar el mundo interno del conocido escritor. Sin más
desaliento continué buscando a mi primer entrevistado.
Durante una reunión familiar, escuché a una
amiga hablar de un anciano que había desembarcado, nada menos que junto a Fidel
y Raúl, en el histórico yate Granma. Ella cuidaba de él, como enfermera, en un
asilo de veteranos. De inmediato mi vanidad de novel reportero se apoderó de
mí, produciéndome una placentera sensación de alivio, de haber logrado
encontrar ese personaje oculto al reconocimiento público, y que de seguro me
diría la más inesperada anécdota, el más fiel retrato de los expedicionarios,
de sus momentos de heroicidad y de sus flaquezas.
No lo pensé mucho, mostré mi claro interés
por entrevistar a ese hombre y Belkis, la enfermera, con gusto me invitó a ir
al hogar de veteranos. Bello, el famoso expedicionario, me acogería encantado.
El Hogar del Veterano del municipio de 10 de
Octubre es un lugar gris, sombrío. El tiempo allí es un pesado elefante que
deambula, invisible, por los pasillos sin hacer el menor ruido. A través de la
cerca que limita con la calle, vi los rostros marchitos, serios, resignados de
los ancianos que viven entre las manchadas paredes del asilo. Lejos de juzgar
como desfavorable y perturbador el escenario en el que iba a tener lugar mi
primera entrevista, me pareció estupendo. Yo, un inexperimentado periodista
sacaría del anonimato a un hombre que formó parte de la historia de este país y
que hoy se encontraba en una triste soledad.
Con un cordial “buenos días” a los ancianos
que merodeaban la cerca, entré al lugar. Le pregunté a la recepcionista por
Belkis y me indicó que la buscara en Rehabilitación. “Ah, al fin viniste –me
dijo la enfermera cuando llegué a su departamento- déjame ver si te encuentro a
la Bellosura (era el apodo que ella usaba para nombrar a Rafael Bello Ponce).
Tras unos minutos de espera vino con Bello.
Ante mis ojos apareció un hombre de casi setenta años, bajito y de constitución
fuerte, con ojos rojos y mirada perdida. No fue la clase de sujeto que mi
imaginación dibujó, en mi mente era delgado, esbelto y con una mirada penetrante. Enseguida adelanté
mi mano para saludarlo. Belkis separó unas sillas y nos prestó el cuarto de
rehabilitación para la entrevista.
“Usted es expedicionario del Granma. ¿No es
así?” Mi primera pregunta, una especie de confirmación, invitaba a la respuesta
que adularía mis oídos, que me mostraría cuan oportuno sería mi trabajo. “No,
ya lo he dicho, no me jodan más con eso, yo no vine en el Granma”. Mis ojos se
agrandaron al escuchar la respuesta. Todo era una desatinada equivocación.
“Yo lo que hice fue apoyar el desembarco en
Niquero”. La continuación de la respuesta aclaró mi mente, entonces comprendí
porque decían que había venido en el yate. Parece que lo que todos conocen de
la escuela es la travesía del Gramna, pero nadie se acuerda de los miles de
jóvenes, militantes del 26 de Julio, que se enfrentaron, y muchos murieron,
contra la policía batistiana para apoyar a los expedicionarios.
Mi cuestionario previamente hecho no me
serviría de nada. Por unos segundos tuve que callar y pensar en otras
preguntas. No me revolví inquietamente la cabeza, me relajé y encaré a aquel
nuevo personaje como si de un abuelo se tratara. Todo marchó bien. Poco a poco fui
descubriendo la vida de Bello. Los nombres de los compañeros de lucha no se
habían escapado de su mente, me los recitaba sin parar. Sus anécdotas eran
sobre la lucha en la Sierra, su encuentro con el Ché, y de cuando trabajó en la
Marina Mercante.
Pasó
casi una hora y me pareció que con lo que
había escuchado ya era suficiente para la entrevista. Me despedí gustoso
y antes de irme, Bello me preguntó que cuándo regresaría. No tenía pensado
volver al lugar, pero respondí que pronto.
En mi casa comencé a conformar la entrevista.
Después de un tiempo me percaté de que las historias de Bello no estaban
completas. Algunos sucesos que me narró
no coincidían con la cronología de los libros de historia. Había cosas que no
encajaban, preguntas sin contestar. Todo estaba hecho un enredo. Lo que me
pareció una sutil mentira, se convirtió en una necesidad, tendría que volver
pronto al asilo y reanudar la entrevista.
Volví. Otra vez acudí a Belkis, quien
sonriente me dijo: “quieres hablar de nuevo con Bello, vamos a ver en qué
estado te lo encuentras, ¡ah!, mira…, por allí anda”. Eso del “estado” me sonó
raro, pero luego comprendí que se trataba de su embriaguez alcohólica. Sí,
Bello es adicto al alcohol, y es una de las causas por lo que sus memorias del
pasado las recuerda confusas y en ocasiones miente sin darse cuenta.
Pero él no es un borracho obsceno ni
provocador, un poco mal humorado tal vez. Simplemente recurre a ese vicio para escapar de su tediosa
monotonía y abandono. Su hijo Rafaelito nunca lo va a visitar, no le importa su
viejo padre. Solo tiene una hermana en La Habana, a quien ve los domingos. El
resto de su familia vive en Niquero, y según me confesó el dinero de la
chequera no le alcanza para costearse el viaje.
Eran las doce del mediodía y Rafael, un poco
tambaleante, tenía dentro de un envase vacío de helado, un tomate para
condimentar el almuerzo. “Va a almorzar, puedo esperar a que termine”, le dije.
“No, todavía tengo que esperar a que acabe el primer grupo. Vamos a sentarnos
para que me hagas las preguntas. Si quieres después almuerzas conmigo, tengo
tomate ¿tienes un cuchillo?”, me contestó. Cogimos dos sillas y comencé a
soltar todas mis interrogantes. Ahora lo conocía un poco más, ya no era el
expedicionario, ni el militante del 26 de Julio. Bello ahora tenía rostro,
virtudes y defectos, era un hombre común, creo que eso me ayudó a mejorar la
comunicación entre él y yo.
Traté de aclarar todas mis dudas. Pero precisar
en las fechas, o al menos el año, era un
serio problema para Bello. Él me decía que había ocurrido hace mucho tiempo, a
lo que la enfermera agregaba señalando su boca con el pulgar: “lo que pasa es
que él ya tomó “leche” por la mañana.” No me desanimé, no perdí en ningún
momento la paciencia, me gustaba conversar con él, me agradaba el ambiente
jocoso que armonizaba los minutos de entrevista. Ese día me fui contento.
“¿Cuando vuelves?”, me dijo Rafael a la salida. “Pronto, pronto”.
Y efectivamente, volví una tercera vez, y
otra, y siempre que paso por el hogar de veteranos me es imposible no buscarlo.
Por fin logré terminar mi trabajo. Si en las líneas de esa entrevista hay algún
error histórico o los especialistas no la consideran un testimonio fiel, la
culpa no es de Bello, es toda mía, por intentar mostrar al hombre, olvidado por
todos, que camina tambaleante por las calles y no al héroe de mármol de los
libros.

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