jueves, 21 de junio de 2012

Mi primera entrevista

Creo que todo joven estudiante de Periodismo tiene una buena historia que contar de su primera entrevista. Yo también tengo la mía, y más de un dolor de cabeza me dio. Al principio no sabía quien pudiera ser ese personaje que me valiera para un buen trabajo. Pensé en nombres tan resonantes como Leonardo Padura, vecino mío del barrio de Mantilla, pero la idea se hizo añicos cuando otra compañera se adelantó. No lo negaré, sentí una gran decepción, pues en mi garganta seca quedaron las interrogantes que había destinado para descifrar el mundo interno del conocido escritor. Sin más desaliento continué buscando a mi primer entrevistado.

Durante una reunión familiar, escuché a una amiga hablar de un anciano que había desembarcado, nada menos que junto a Fidel y Raúl, en el histórico yate Granma. Ella cuidaba de él, como enfermera, en un asilo de veteranos. De inmediato mi vanidad de novel reportero se apoderó de mí, produciéndome una placentera sensación de alivio, de haber logrado encontrar ese personaje oculto al reconocimiento público, y que de seguro me diría la más inesperada anécdota, el más fiel retrato de los expedicionarios, de sus momentos de heroicidad y de sus flaquezas.
No lo pensé mucho, mostré mi claro interés por entrevistar a ese hombre y Belkis, la enfermera, con gusto me invitó a ir al hogar de veteranos. Bello, el famoso expedicionario, me acogería encantado.
El Hogar del Veterano del municipio de 10 de Octubre es un lugar gris, sombrío. El tiempo allí es un pesado elefante que deambula, invisible, por los pasillos sin hacer el menor ruido. A través de la cerca que limita con la calle, vi los rostros marchitos, serios, resignados de los ancianos que viven entre las manchadas paredes del asilo. Lejos de juzgar como desfavorable y perturbador el escenario en el que iba a tener lugar mi primera entrevista, me pareció estupendo. Yo, un inexperimentado periodista sacaría del anonimato a un hombre que formó parte de la historia de este país y que hoy se encontraba en una triste soledad.
Con un cordial “buenos días” a los ancianos que merodeaban la cerca, entré al lugar. Le pregunté a la recepcionista por Belkis y me indicó que la buscara en Rehabilitación. “Ah, al fin viniste –me dijo la enfermera cuando llegué a su departamento- déjame ver si te encuentro a la Bellosura (era el apodo que ella usaba para nombrar a Rafael Bello Ponce).
Tras unos minutos de espera vino con Bello. Ante mis ojos apareció un hombre de casi setenta años, bajito y de constitución fuerte, con ojos rojos y mirada perdida. No fue la clase de sujeto que mi imaginación dibujó, en mi mente era delgado, esbelto y  con una mirada penetrante. Enseguida adelanté mi mano para saludarlo. Belkis separó unas sillas y nos prestó el cuarto de rehabilitación para la entrevista.
“Usted es expedicionario del Granma. ¿No es así?” Mi primera pregunta, una especie de confirmación, invitaba a la respuesta que adularía mis oídos, que me mostraría cuan oportuno sería mi trabajo. “No, ya lo he dicho, no me jodan más con eso, yo no vine en el Granma”. Mis ojos se agrandaron al escuchar la respuesta. Todo era una desatinada equivocación.
“Yo lo que hice fue apoyar el desembarco en Niquero”. La continuación de la respuesta aclaró mi mente, entonces comprendí porque decían que había venido en el yate. Parece que lo que todos conocen de la escuela es la travesía del Gramna, pero nadie se acuerda de los miles de jóvenes, militantes del 26 de Julio, que se enfrentaron, y muchos murieron, contra la policía batistiana para apoyar a los expedicionarios.
Mi cuestionario previamente hecho no me serviría de nada. Por unos segundos tuve que callar y pensar en otras preguntas. No me revolví inquietamente la cabeza, me relajé y encaré a aquel nuevo personaje como si de un abuelo se tratara. Todo marchó bien. Poco a poco fui descubriendo la vida de Bello. Los nombres de los compañeros de lucha no se habían escapado de su mente, me los recitaba sin parar. Sus anécdotas eran sobre la lucha en la Sierra, su encuentro con el Ché, y de cuando trabajó en la Marina Mercante.
 Pasó casi una hora y me pareció que con lo que  había escuchado ya era suficiente para la entrevista. Me despedí gustoso y antes de irme, Bello me preguntó que cuándo regresaría. No tenía pensado volver al lugar, pero respondí que pronto.
En mi casa comencé a conformar la entrevista. Después de un tiempo me percaté de que las historias de Bello no estaban completas.  Algunos sucesos que me narró no coincidían con la cronología de los libros de historia. Había cosas que no encajaban, preguntas sin contestar. Todo estaba hecho un enredo. Lo que me pareció una sutil mentira, se convirtió en una necesidad, tendría que volver pronto al asilo y reanudar la entrevista.
Volví. Otra vez acudí a Belkis, quien sonriente me dijo: “quieres hablar de nuevo con Bello, vamos a ver en qué estado te lo encuentras, ¡ah!, mira…, por allí anda”. Eso del “estado” me sonó raro, pero luego comprendí que se trataba de su embriaguez alcohólica. Sí, Bello es adicto al alcohol, y es una de las causas por lo que sus memorias del pasado las recuerda confusas y en ocasiones miente sin darse cuenta. 
Pero él no es un borracho obsceno ni provocador, un poco mal humorado tal vez. Simplemente recurre  a ese vicio para escapar de su tediosa monotonía y abandono. Su hijo Rafaelito nunca lo va a visitar, no le importa su viejo padre. Solo tiene una hermana en La Habana, a quien ve los domingos. El resto de su familia vive en Niquero, y según me confesó el dinero de la chequera no le alcanza para costearse el viaje.
Eran las doce del mediodía y Rafael, un poco tambaleante, tenía dentro de un envase vacío de helado, un tomate para condimentar el almuerzo. “Va a almorzar, puedo esperar a que termine”, le dije. “No, todavía tengo que esperar a que acabe el primer grupo. Vamos a sentarnos para que me hagas las preguntas. Si quieres después almuerzas conmigo, tengo tomate ¿tienes un cuchillo?”, me contestó. Cogimos dos sillas y comencé a soltar todas mis interrogantes. Ahora lo conocía un poco más, ya no era el expedicionario, ni el militante del 26 de Julio. Bello ahora tenía rostro, virtudes y defectos, era un hombre común, creo que eso me ayudó a mejorar la comunicación entre él y yo.
Traté de aclarar todas mis dudas. Pero precisar en las fechas, o al menos el año,  era un serio problema para Bello. Él me decía que había ocurrido hace mucho tiempo, a lo que la enfermera agregaba señalando su boca con el pulgar: “lo que pasa es que él ya tomó “leche” por la mañana.” No me desanimé, no perdí en ningún momento la paciencia, me gustaba conversar con él, me agradaba el ambiente jocoso que armonizaba los minutos de entrevista. Ese día me fui contento. “¿Cuando vuelves?”, me dijo Rafael a la salida. “Pronto, pronto”.
Y efectivamente, volví una tercera vez, y otra, y siempre que paso por el hogar de veteranos me es imposible no buscarlo. Por fin logré terminar mi trabajo. Si en las líneas de esa entrevista hay algún error histórico o los especialistas no la consideran un testimonio fiel, la culpa no es de Bello, es toda mía, por intentar mostrar al hombre, olvidado por todos, que camina tambaleante por las calles y no al héroe de mármol de los libros.


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