POR A. MADORRAN
Hoy
es un anciano destinado a contemplar los días en un sillón, pero en otro tiempo
formó parte de un grupo de jóvenes que enfrentaron a una sangrienta dictadura.
El
Hogar de Veteranos del municipio 10 de Octubre es su actual residencia. Entre
las paredes grises del lugar comparte sus días con varios ancianos, quienes
gustan contar las historias de tiempos pasados, cuando protagonizaron las
luchas de nuestro pueblo por su liberación. La memoria le falla a veces, pero
los nombres no se borran de su mente. Vive la nostalgia de su juventud y siempre espera la visita de
antiguos amigos.
Rafael
Bello Ponce, de 77 años, creció en un pueblo del oriente cubano junto a una
familia pobre. Aún recuerda cuando militaba en la Juventud Ortodoxa y decidió
integrar las filas del Movimiento 26 de Julio (M-26-7).
´´Nací
en Niquero, Granma, en una casa donde vivían más de 30 personas. Mi padre, Enrique
Bello, era jefe de la caballeriza del único central del pueblo, propiedad de la
Sugar Company. Estudié hasta el cuarto grado y luego comencé a trabajar.
Ayudaba a mi tío Pedro Ponce en el central a cargar las carretillas con azúcar,
cuando había zafra. En el tiempo muerto pasábamos mucha hambre y yo vendía
chivichanas para ganarme algo.´´
Era muy joven cuando se vinculó al
M-26-7. ¿Quién lo impulsó?
Isley Leiva Reyes, quien murió hace poco, era
el principal organizador del Movimiento en el municipio. Yo lo conocía de la
Juventud Ortodoxa y fue él quien me vinculó a las acciones revolucionarias.
El 25 de noviembre de 1956
salieron de México en el yate Granma, 82 tripulantes a las órdenes de Fidel
Castro. El objetivo era llegar a las costas cubanas en cinco días y comenzar la
lucha guerrillera.
´´A finales de noviembre, cuando iba de Manzanillo para Niquero, en Campechuela me encontré a Celia Sánchez en una parada de guaguas. Usaba una barriga postiza para despistar a la policía batistiana. Ella me dijo que le comunicara a Ricardo Reitor que preparara a su gente para apoyar a los expedicionarios.´´
El
Granma debió llegar hasta Manzanillo, pero el mal tiempo hizo que desembarcara
en Los Cayuelos, una punta de mangle a dos kilómetros de Las Coloradas, el 2 de
diciembre. Tres días después, fueron sorprendidos Fidel y sus hombres por el
ejército de Batista, la tropa se dispersó y muchos murieron.
´´Antes
del desembarco, los muchachos en Niquero estábamos acuartelados en una planta
de hielo a las órdenes de Isley Leiva. Al enterarnos de que encalló el yate
cerca del pueblo, nos movilizaron para dar apoyo. Crescencio Pérez y sus hijos dieron
refugio a Fidel, luego del revés en
Alegría de Pío, pero hubo un chivato, Manolo Capitane. Luego, al soplón lo
cogimos pescando en los farallones de Pilón, lo ajusticiamos con el
consentimiento del Movimiento.´´
Los
cadáveres de los revolucionarios cubanos, después del combate en Alegría de
Pío, fueron llevados al cementerio de Niquero. A Rafael Bello le dieron la
misión de cuidar los restos de los combatientes. No puede evitar llorar al
nombrar los hombres que murieron. ´´ Mucha gente del pueblo les llevó coronas.
¡Era un peligro del carajo! ´´
El
29 de mayo de 1957 se alzó junto a Orlando Lara Batista, el León del llano. ´´Yo estaba acuartelado en Barrio de Oro.
Llegó Lara y nos mandó a montar en un Wily, un pisicorre. Éramos 14 personas
dentro del carro. Nos dirigimos a Cayo Espino, Manzanillo. Ahora me acuerdo cuando
el Che nos echó tremenda descarga porque Lara y yo nos estábamos bañando en un
río. Él decía que no se podía perder energía´´.
Bello
no continuó junto a la guerrilla de Orlando Lara en las estribaciones de la
Sierra Maestra porque padecía alergia por la vegetación. Bajó al llano y sirvió
de correo al capitán. Cuando triunfó la Revolución partió hacia la capital.
´´Cuando
llegué a La Habana, el capitán Jorge Fernández Cuero me dijo: ´Bello, tú estás
fuerte, te tengo una pincha conseguida en el Banco Nacional´, y comencé a
trabajar como transportista del dinero en la oficina central.´´
“Un
día, uno de los hombres que iban en el carro conmigo, me propuso coger unos
pesos para tomarnos un café. Le dije que yo no tomaba el dinero ajeno. Nunca he
sido ladrón. En esos años conocí a una bancaria y después nació mi hijo
Rafaelito´´.
A
principios de la década de los 70, Ángel Joel Chaveco Hernández, en aquel
entonces ministro de la Marina Mercante, le propuso una oferta de trabajo como
marinero. Necesitaba un hombre de confianza.
´´Comencé
en la embarcación Sierra Maestra. Era un
barco feroz, tenía dos máquinas principales de tecnología alemana. Mi
primer viaje fue a Japón y regresamos para Cuba cargados de locomotoras. Conocí
79 países, y nunca me quedé, no traicioné a la patria, aunque me hicieron
muchas proposiciones.´´
Hace un esfuerzo para recordar y dice que dejó la marina a
finales de la década del setenta. Tiempo después se jubiló y los caminos de la
vida lo condujeron al Retiro de Veteranos, donde hoy vive desde hace diez años.
- ¿Y su familia?
Mi hermana vive en Santa Amalia, es la que me
atiende y yo la visito los domingos. En Niquero
tengo bastantes parientes. Quisiera ir allá, pero el pasaje cuesta muy
caro y yo solo cobro 400 pesos. Me han dicho que por veteranía puede aumentar la chequera, pero no me he
preocupado por eso.
Le pregunto por las fotos de su juventud. Me
muestra imágenes de su madre, otras de la marina. ´´Este soy yo con un japonés,
y esta otra con el capitán del Sierra Maestra, gran amigo mío, y aquella es con
Teté Puebla. Ella hace poco vino por
aquí, está vieja. Los años pasan muy rápido.
En Niquero había una parroquia, allí estaba el padre Luis que era
garrotero. Un día Teté y yo revisamos la iglesia y encontramos una botella Tres
medallas, de coñac… Esa historia luego se la contamos a Celia, quien era de
Niquero también. ¿Sabes? Un día me encontré a Celia en Campechuela con una
barriga falsa, y me dice que el Granma va a desembarcar pronto…´´
Muchas
veces en un rincón del asilo escuché las anécdotas de Rafael Bello, aunque en cada
oportunidad lograba descubrir algo nuevo, un detalle, ese pedacito de historia
que la memoria oculta por el desgaste de los años. Le prometí volver a
visitarlo, sentarme junto a él y conversar. Comprendí su soledad cuando me dijo
sonriente: ´´La gente aquí piensa que tú eres mi hijo.´´

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