Por Hitchman Powell Escalona
Hace cinco días conoció que, por fin, se marchará de Cuba y desde entonces da vueltas constantemente, porque no sabe cómo contarle a su hijo que no lo verá en mucho tiempo. Su mujer, para no entristecerlo, le muestra a cada momento una cara sonriente, pero sufre en silencio cuando le aparece el fantasma de la despedida.
La noticia no lo sorprendió, hace tiempo la esperaba, pero nunca imaginó que fuera para este mes. Consciente de que cada minuto que pasa es casi un año separado de su único hijo, decide aprovechar cada instante a al lado de este como si fuera el último e ir preparando condiciones para contarle. El niño, de siete años de edad, sospecha el comportamiento raro de su padre, del cual piensa en su inocencia que es debido a que su papi lo quiere más. Iluso.
Un día salen de paseo a un restaurant. Luego de acondicionar el escenario, estalla la bomba: le cuenta de su partida mediante una mentira piadosa, pero mentira al fin. Le dice que va a otro país por razones de trabajo y que pronto regresará. Prefiere esconder la realidad: está cansado de trabajar sin recibir el pago correspondiente a lo que produce; se siente como un esclavo en un país donde no es dueño ni de sí mismo; está harto de ver a diario cómo Cuba retrocede en el tiempo y los dirigentes lo resuelven echándole la culpa al bloqueo, cuando en verdad se embolsan el dinero del pueblo, cosa que conoce al dedillo. Nada de esto puede contárselo a su hijo, porque advierte que sería un futuro problema si el niño se expresa de esa manera en la escuela.
Entonces calla y espera la reacción de su primogénito. Este, se mantiene en silencio mientras procesa en su mente el mensaje recibido. Al fin rompe el silencio, algo que sorprendió al padre porque no fue acompañado de una lágrima.
- ¿Y no te voy a ver más papá? ¿Cuándo vas a regresar?
-¿Por qué no puede ir otra persona por ti? ¿Allá las personas no son malas, verdad?
-Allá voy a estar junto a tu tía, y podré traerte regalos: los patines que tanto gustas, y cada juguete que aquí no te puedo comprar.
Pero la respuesta del pequeño asombró más aun al padre, al punto que las lágrimas le rodaron por las mejillas y tuvo que mirar a otro lado para que no lo viera llorar. “Ya no quiero esas cosas papá, solo quiero que te quedes aquí”.
El padre maldice una y otra vez el país donde vive. Se muerde los labios por el remordimiento. Piensa cuánto daño le ha ocasionado el sistema en que vive. Pero él no es el primero ni el último que enfrentará una situación de esta índole, tan solo es otra víctima del selecto club de personas que emigran en busca de una mejor vida. En su interior sabe que esta oportunidad es única, muchas personas en el país quisieran estar en su lugar. Por ello, consciente de que su sueño americano es trabajar duro hasta lograr mantener su economía estable para reclamar a su esposa e hijo, levanta la cabeza con dignidad. Seca sus lágrimas y abraza fuertemente a su hijo, quien le retribuye el gesto con un beso el cual es uno de los tantos que acostumbra a diario, mas al padre le sabe como el último, y en tanta excitación no escucha las palabras del pequeño.
-No llores papá, que yo voy a cuidar a mamá y abuela cuando te vayas, pero eso sí, regresa pronto.


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