viernes, 13 de julio de 2012

Las armas del sastre


Por Enio Echezabal Acosta

Existen muchos oficios en el mundo, a veces tantos que cuando pequeños nos
cuesta decidir cuál escogeremos para aprender en el futuro. Algunos se
decantan por la carpintería, otros prefieren ser plomeros, herreros, y así,
la lista resulta tan larga que se diluye hasta perderse entre tantas
opciones.

Sin embargo, se me ocurre uno del que pocos se acuerdan a menudo, acaso por
su ausencia o falta de practicantes, pero que a veces puede traernos
sorpresas inesperadas: el sastre. Sí, el sastre, ese que mide y marca, y
vuelve a tomar medidas, para hacerle un traje a tu padre, o a tu cuñado que
se casa.

El sastre tiene muchas herramientas, pero entre estas surge una que es
especialmente poderosa, un arma con la que se entiende como si fuera una
prolongación de sus extremidades. La varita mágica con la que suele crear
su arte. El sastre tiene, además de su ingenio, sus tijeras.

En el deporte también aparecen de vez en vez algunos sastres, mas no usan
su más preciado utensilio todos los días, solo especialmente para dar
muestras de maestría, porque no les gusta presumir en vano. Son así de
sutiles.

Zlatan Ibrahimovic es, sin lugar a dudas, uno de estos. Se encuentra entre
los mejores futbolistas del planeta, del universo tal vez, si es que los
marcianos aún no practican el fútbol. Lucha, cede y tira de los hilos del
juego. Rompe defensas, o mejor dicho, se burla de ellas, y mientras tanto,
disfruta. Con extrema mesura es capaz de leer los compases del partido para
entender cómo actuar en cada momento, y cuando decide hacer de las suyas,
cual depredador frío y asesino del área, se convierte a la vez en una
mezcla bizarra entre sueño y pesadilla.

Este martes, durante el último partido del grupo D de la Euro ante una
Francia ya clasificada para cuartos, el sastre que Zlatan lleva dentro
levantó de sus asientos, como ya es costumbre, a miles de aficionados
suecos, quienes atónitos, fueron testigos de la aparición fugaz, exquisita
y ciertamente letal, de su brillante tijera.

Ante un centro salido de otro botín escandinavo, el atacante de los diablos
rossoneros se sacó de la manga un certero, único y milimétrico remate que
dejó al cancerbero de los garçons con la mirada fija en la esférica que
penetraba, endemoniada, su desguarnecida cabaña.

El gol causó sensación, a la par del sentimiento fantasmagórico que surgía
en las filas de los bleus, blancas ese día. De pronto, tras el derroche de
técnica exhibido por la estrella vikinga, los franceses recordaron el
mundial, y con él vinieron las rencillas, la inexpresión y la mala cara.

Algunos de ellos, que ni siquiera estuvieron en Sudáfrica, sacaron garras.
Y se formó, luego de terminado el encuentro, un verdadero gallinero en los
vestidores, adonde se retiraron justo después de que Larsson perforara de
nuevo su arco, usando el cañón que lleva en su pierna derecha.
Según varios testigos presenciales, el asunto no fue más allá de palabras
dichas en un instante de frustración, y todo parece estar bien entre la
selección que dirige el respetado Laurent Blanc. Aún así, la duda ya crece
entre los hinchas que esperan al sábado para entonar La Marsellesa y ver a
sus muchachos medirse a España, una escuadra llena de sastres dispuestos a
coserles sin esfuerzo el traje de perdedores.

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