Por Junior Smith Rodriguez
Por los días en que la conocí, yo era apenas un niño que anhelaba ser hombre y ella una adolescente aferrada a su infancia. Cada verano era una aventura su regreso de provincia. Yo amaba que volviera, ella adoraba venir.
Era preciosa. Sus ojos, negrísimos y perspicaces. Siempre sonriente, siempre feliz. Llena de ideas brillantes, ingenuas e historias traviesas de campo. Esbelta trigueña que experimentaba cambios en un cuerpo casi de mujer, con una mente casi de niña. Tenía 14 años.
Hacía varios meses su “padre”, quien le enseñó a decir papá y le ayudo a dar los primeros pasos cuando quiso caminar, había dejado de verla como a una niña, su niña, para desearla como un hombre desea a una mujer. El padre la tocaba y le canjeaba el silencio de su placer prosaico por la vida de su madre y hermano.
Un día, todas las circunstancias se dieron. El padre, lascivo, no pensó más en las consecuencias y cobró lo que creía suyo. Fue el primer hombre en su vida. Laura no volvió a sonreir.
El violento incidente se repitió una y otra vez, hasta hacerse cotidiano. Lo hacía cuando no estaba mamá, cuando no hubiese testigos de su absurdo comportamiento. Laura quedó embarazada, por vergüenza y temor, lo ocultó.
Mamá no sospechaba que el hombre al que amaba, a quien le había dedicado casi 20 años de su vida y había escogido para ser padre de sus hijos, fuese capaz de tal acción.
« ¿De quién es esa barriga, Laura? - preguntaba frenética, desesperada la madre- Si tu ni siquiera habías dicho que tenías novio. ¿Por qué esperaste tanto para contarlo? Di, Laura, di.»
Y cómo decirlo, si el culpable era el hombre que Laura llamaba papá.
Qué monstruo el ser que le arranca a un niño la sonrisa de los labios. Qué ley humana ha de enseñar (como si no fuese obvio), lo horrendo y vil de la pederastia. Cuántos años de cárcel pagan tan cruel y sucio crimen.
Hay muchas Lauras caminando por el mundo y Antonios y Susanitas….Con historias de vecinos y tíos lujuriosos, con frustraciones y complejos perennes, con huellas indelebles en el cuerpo y en la mente, con deseos de morir. Vidas que saben a muertes.
Aquel hombre recibió el castigo de la ley que materializa sanciones en años de cárcel, inútil cárcel que no remueve la mancha de este agravio. Nadie supo qué tipo de enfermedad provocó el origen de su conducta. Tampoco si en algún momento concientizó lo que había hecho y afloró en su corazón un vestigio de arrepentimiento. Algunos pensamos que al menos la triste historia sirvió para que muchos padres reflexionaran en la importancia del cuidado de sus hijos.
Para Laura arribaron meses acompañada de psicólogos, peritos y juicios, de curiosos ojos compasivos y desesperanza por doquier. Y es de entender, si en su vientre se formaba el fruto de la experiencia más amarga de su existencia, la simiente obscena de su padre.
Seis días después de nacer, la niña, deforme, murió. Quizás para evitarle a su madre el indecible dolor de amamantar y ver crecer a su hija hermana.
Laura tiene 27 años. No viaja. La soledad es su única amiga y el brillo que una vez hubo en sus ojos, lo opacó la hiriente oscuridad del trauma y la depresión. Ya nunca más volverá a ser aquella niña feliz que yo conocí.

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