Por Hitchman Powell Escalona
Antes de conocerla era uno de esos que se le salían los ojos al verla pasar. No es para menos, porque ante todo “soy un hombre”. Ningún corazón aguanta callado tantas palpitaciones en un instante. Y es que ella es… es así: el pelo negro rizado hasta la cintura, los labios maliciosos pintados de rojo y unos ojos azules que advierten una perversa mirada, acompañados de un cuerpo diseñado por Afrodita y tallado por el mejor de los escultores, donde resaltan unas curvas onduladas que se mecen con el vaivén de su swing atormentador. Y del resto, para qué contar; es simplemente perfecta, de las que detienen el tráfico.
Antes de conocerla era uno de esos que se le salían los ojos al verla pasar. No es para menos, porque ante todo “soy un hombre”. Ningún corazón aguanta callado tantas palpitaciones en un instante. Y es que ella es… es así: el pelo negro rizado hasta la cintura, los labios maliciosos pintados de rojo y unos ojos azules que advierten una perversa mirada, acompañados de un cuerpo diseñado por Afrodita y tallado por el mejor de los escultores, donde resaltan unas curvas onduladas que se mecen con el vaivén de su swing atormentador. Y del resto, para qué contar; es simplemente perfecta, de las que detienen el tráfico.
Laura es una mujer de buen gusto, que sabe y lucha por lo que quiere. Resalta en su talento la maestría de encontrar la palabra exacta para cada conversación. Ese conocimiento lo adquirió en intensos años de lectura, porque disfruta además de leer, imitar y extraer lo bueno de cada personaje. Pero la lectura aún no le responde la interrogante que la desvela cada noche: ¿Por qué me miran así? Ella no puede comprender el por qué de los malos ojos de las personas, sobre todo las mujeres, que la menosprecian y rebajan su reputación en cada comentario. Laura busca en el fondo de su ser la respuesta, pero no la encuentra. En el razonamiento de su acontecer diario, medita desde cuando se despierta, pero solo llega hasta las doce de la noche, hora en que deja a un lado el presente y en sueños regresa a los recuerdos de su infancia.
Entonces le vienen a la mente retazos de su niñez que los vecinos ignoran. Sus padres se divorciaron, porque él se marchaba del país. La madre, sabiendo que era muy difícil que las reclamara, puso fin a la relación y como no pudo mantenerla sola, se convirtió en esclava de la noche. Día tras día le presentaba un hombre nuevo, al punto que olvidó los principios que debía transmitir a su hija. A partir de ese momento Laura cambió su conducta: pasó de ser la niña inteligente, a la muchacha observadora y oportunista que a todo le veía un interés.
Y Laura creció en ese entorno hasta convertirse en una mujer que gusta del dinero fácil. Desconoce que en las noches es Jessy, que al sonar las doce campanadas abre el closet y elige una ropa distinta al día anterior; se pinta de rojo los labios frente al espejo donde contempla su figura; revisa su monedero y calcula cuánto ganará en la jornada, en la que los hombres creen controlarla, mas son otro nombre en su lista; y que al llegar, se acuesta silenciosamente al lado de Laura. Ese es el único momento del día en que se encuentran, pero no le cuenta a Laura sus aventuras para protegerle su imagen de la gente; Jessy ignora completamente que reproduce las acciones de su madre para subsistir porque su alma gemela no le ha contado.
Y llegó el día en que Laura y Jessy se encontraron cara a cara. Después de tanto reflexionar, Laura comprendió que no podía cambiar su presente por un futuro que nunca tuvo pasado y decidió darle un vuelco a su vida. Al principio quería suicidarse, pero razonó que su problema era generado de mucho antes y era hora de enfrentarlo. Entonces decidió buscar un hombre diferente a los que habían tocado su cuerpo, que se fijara más en su corazón que en su rostro, con el cual pudiera hacer una familia. Y en ese instante meditó sobre un hombre que siempre la había apoyado, y que al contrario de los demás le respetaba su condición de mujer por encima de todo, alguien en quien confiaba sus más íntimos secretos, que nunca, a pesar de sus defectos, dejó de admirarla y elogiarla.
De esa manera nació una relación que soñaba cada noche. La única cosa que me pidió fue el voto de confianza. Cierto es que era muy difícil no sentir celos, pero superé esa etapa, porque sabía que ella solo hizo lo que aprendió de su madre. La espera valió. Ella correspondió a la confianza que le deposité. Su reputación ya no son las primeras seis letras de esa palabra, ni la persigue su fama de ligera, ni desanda en las noches de bar en bar. Los hombres que le piropean ahora están más lejos de ella que las estrellas. Sabe realmente qué es lo que quiere como la antigua Laura, solo que ahora se respeta más a sí misma y busca reencontrar su dignidad.
Un día me pregunté qué la hizo fijarse en mí, y más cuando caminábamos por las calles y los hombres me miraban con cara de qué hacía al lado de semejante figura, porque según ellos yo no era de su talla y sencillamente no la merecía. Ella hábilmente me respondió que tenía algo diferente al resto: miraba el interior de las personas, y no las juzgaba por sus acciones: “que los otros fueron su escuela, mas yo fui su graduación, porque conmigo incluyó por primera vez en la cama al corazón”.
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