Dos hombres ebrios sentados en el muro del malecón habanero tantean las palabras de sus confusas mentes. Hablan de lo que querían ser y nunca fueron, de la bellísima mujer de sus sueños y del entusiasmo perdido de los primeros días de la Revolución. Entre sonoras carcajadas y muecas grises respiran el salitre del mar que se expande en minúsculas gotas por el aire. El sol asoma por detrás de los altos edificios, los borrachos caminan tambaleándose de regreso a sus casas.
Un amigo me dijo que para vivir en La Habana había que estar loco o enamorado. Y es verdad, no hay otro modo de sobrevivir en esta ciudad, aunque lo mismo, podría decir un valenciano, un neoyorquino, un berlinés. Cada urbe tiene su encanto y su monstruosidad, algunas más modernas y empinadas, otras llanas y silenciosas, pero todas llevan la melancolía de lo que pudo ser y nunca fue.
La Habana, esa ciudad que espera recostada a la pared por las promesas de otros tiempos, esa ciudad que sonríe cuando el lodo llena sus calles, esa es la ciudad que habito, la que comparto cada día con miles de personas que caminan sin preguntarse por qué nacieron aquí y no en Groenlandia.
Mi bisabuelo no nació aquí, el era riojano. Sus hermanos emigraron para Argentina, pero cosa curiosa, y un misterio aún para mí, es saber por qué eligió venir a vivir para esta maldita ciudad. No sé que lo impulsó, tal vez se enamoró, tal vez estaba loco. Al parecer le gustó la vida habanera al joven Ángel Madorrán. Se casó, tuvo hijos, y más nunca regresó a España.

muy buenas fotos,
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